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El problema del lenguaje es el foco de todas las luchas por la abolición o el mantenimiento de la actual alienación, inseparable del conjunto de estas luchas. Vivimos en el lenguaje como en un aire contaminado. Al contrario de lo que piensan los hombres de espíritu, las palabras no juegan. No hacen el amor, como creía Breton, más que en sueños. Las palabras trabajan por cuenta de la organización dominante de la vida. Y sin embargo, no están robotizadas; para desgracia de todos los teóricos de la información, las palabras no son en sí mismas “informacionistas”: en ellas se manifiestan fuerzas que pueden desbaratar los cálculos. Las palabras coexisten con el poder en una relación análoga a la que el proletariado (tanto en el sentido clásico como en el moderno del término) puede mantener con el poder. Empleadas durante casi todo el tiempo, utilizadas a jornada completa, en todo su sentido y en todo su no-sentido, siguen siendo en algún aspecto radicalmente extrañas.

El poder sólo da el falso carnet de identidad de las palabras; les impone un salvoconducto, determina su lugar en la producción (donde algunas hacen visiblemente horas extras); les entrega de alguna forma su sobre de paga. Reconozcamos la seriedad del Humpty-Dumpty de Lewis Carroll, quien considera que toda decisión sobre el uso de las palabras depende de la cuestión de “saber quién es el amo, eso es todo. Y él, patrón social en la materia, afirma que paga doble a las que emplea mucho. Comprendamos también el fenómeno de la insumisión de las palabras, su huida, su resistencia abierta que se manifiesta en toda la escritura moderna -desde Baudelaire hasta los dadaístas y Joyce- como síntoma de la crisis revolucionaria de conjunto que afecta a la sociedad.

Bajo el control del poder, el lenguaje siempre designa una cosa distinta de lo auténticamente vivido. Es ahí precisamente donde empieza la posibilidad de una contestación completa. En la organización del lenguaje, la confusión ha llegado a tal extremo que la comunicación impuesta por el poder se revela como una impostura y un embuste. En vano se esfuerza el embrión del poder cibernético en colocar el lenguaje bajo la dependencia de las máquinas que él mismo controla, de forma que, en lo sucesivo, la información sea la única comunicación posible. Incluso en este terreno se manifiestan resistencias, y tenemos derecho a considerar la música electrónica como un intento, evidentemente ambiguo y limitado, de invertir las relaciones de dominación invirtiendo las máquinas en provecho del lenguaje. Pero la oposición es mucho más general, mucho más radical. Denuncia toda “comunicación” unilateral, tanto en el antiguo arte como en el informacionismo moderno. Reclama una comunicación que arruine todo poder separado. Allí donde existe comunicación no hay Estado.

El poder vive de la ocultación. No crea nada, recupera. Si creara el sentido de las palabras no habría poesía, sino únicamente “información” útil. Nunca nadie podría oponerse al lenguaje y todo rechazo le sería exterior, puramente letrista. ¿Y qué es la poesía, sino el momento revolucionario del lenguaje, inseparable como tal de los momentos revolucionarios de la historia y de la vida personal?

El embargo del poder sobre el lenguaje es asimilable a su embargo sobre la totalidad. Sólo el lenguaje que ha perdido toda referencia inmediata con la totalidad es susceptible de fundar la información. La información es la poesía del poder (la contrapoesía del mantenimiento del orden), el trucaje mediatizado de lo que existe. E inversamente, la poesía debe comprenderse en tanto que comunicación inmediata en lo real y modificación real de este real. No es otra cosa que el lenguaje liberado, el lenguaje que recobra su riqueza y, desgarrando sus signos, recubre a su vez las palabras, la música, los gritos, los gestos, la pintura, las matemáticas, los hechos. La poesía depende por tanto del mayor nivel de riqueza en que, en una fase dada de la formación económico-social, puede vivirse y cambiarse la vida. Es inútil subrayar que esta relación de la poesía con su base material en la sociedad no es de subordinación unilateral, sino de interacción.

Reencontrar la poesía puede confundirse con reinventar la revolución, como lo ponen de manifiesto ciertas fases de las revoluciones mexicana, cubana y congoleña. Entre los períodos revolucionarios en que las masas acceden a la poesía en actos, podemos pensar que los círculos de la aventura poética siguen siendo los únicos lugares en los que subsiste la totalidad de la revolución como virtualidad incumplida, pero próxima, sombra de un personaje ausente. Por eso lo que aquí llamamos aventura poética es difícil, peligroso, y en cualquier caso nunca garantizado (de hecho se trata de la suma de comportamientos casi imposibles en una época). Sólo podemos estar seguros de lo que ya no es la aventura poética en una época, su falsa poesía reconocida y permitida. Así, mientras que en la época de su asalto contra el orden opresivo de la cultura y de la vida cotidiana, el surrealismo podía definir justamente su armamento como “poesía de la necesidad sin poemas”, se trata hoy para la I.S. de una poesía necesariamente sin poemas. Y cuanto digamos de la poesía no concierne en absoluto a los atrasados reaccionarios de la neo-versificación, aunque se alineen con los menos antiguos de los modernismos formales. El programa de la poesía realizada no consiste en nada menos que en la creación simultánea e inseparablemente de los acontecimientos y de su lenguaje.

Todos los lenguajes cerrados -los de los grupos informales de la juventud; los lenguajes que las vanguardias actuales elaboran para su uso interno desde el momento en que se buscan y se definen; los que antaño, transmitidos en la producción poética objetiva para el exterior, han podido llamarse “trobar clus” o “dolce stil nuovo”-, todos tienen por objetivo y resultado efectivo la transparencia inmediata de una cierta comunicación, del reconocimiento recíproco, del acuerdo. Pero semejantes intentos son producto de bandas restringidas, aisladas en diversos aspectos. Los acontecimientos que han podido suscitar, las fiestas que han podido darse a sí mismas, han tenido que atenerse a los límites más estrechos. Uno de los problemas revolucionarios consiste en federar de este tipo de soviets, de consejos de la comunicación, para inaugurar por todas partes una comunicación directa que ya no precise a recurrir a la red de comunicación del adversario (es decir al lenguaje del poder), y pueda, por tanto, transformar el mundo según su deseo.

No se trata de poner la poesía al servicio de la revolución, sino al contrario, de poner la revolución al servicio de la poesía. Únicamente así la revolución no traiciona su propio proyecto. No reproduciremos el error de los surrealistas que se pusieron a su servicio precisamente cuando ya no existía. Ligado al recuerdo de una revolución parcial pronto aniquilada, el surrealismo se convirtió rápidamente en un reformismo del espectáculo, en una crítica de cierta forma de espectáculo reinante que se realizaba en el interior de la organización dominante de este mismo espectáculo. Los surrealistas parecen haber descuidado el hecho de que el poder impone, para toda mejora o modernización internas del espectáculo, su propia lectura, un jeroglífico cuyo código detenta.

Toda revolución ha nacido de la poesía, se ha hecho en primer lugar por la fuerza de la poesía. Es un fenómeno que ha escapado y sigue escapando a los teóricos de la revolución -es verdad que no podemos comprender esto si nos aferramos todavía a la vieja concepción de la revolución o de la poesía-, pero que ha sido presentido por los contrarrevolucionarios. La poesía, allí donde existe, les da miedo; tratan desaforadamente de desembarazarse de ella con ayuda de diversos exorcismos, desde el auto de fe hasta la investigación estilística pura. El momento de la poesía real, que tiene “todo el tiempo por delante”, pretende siempre reorientar de acuerdo con sus propios fines el conjunto del mundo y el futuro. Mientras dura, sus reivindicaciones no pueden caer en el compromiso. Vuelve a poner en juego las deudas no liquidadas de la historia. Fourier y Pancho Villa, Lautréamont, los marineros de Kronstadt o de Kiel, y todos los que se preparan en el mundo, con o sin nosotros, para la larga revolución, son también los emisarios de la nueva poesía.

La poesía es cada vez más claramente, en tanto que lugar vacío, la antimateria de la sociedad de consumo, pues no es una materia consumible (según los criterios modernos de objeto consumible: equivalente para una masa pasiva de consumidores aislados). La poesía no es nada cuando se la cita, y sólo puede ser desviada, vuelta a poner en juego. El conocimiento de la vieja poesía no es más que un ejercicio universitario que se eleva a las funciones de conjunto del pensamiento universitario. La historia de la poesía no es entonces más que una huida ante la poesía de la historia, si bajo este término no entendemos la historia espectacular de los dirigentes, sino la de la vida cotidiana, la de su expansión posible; la historia de cada vida individual, de su realización.

No debemos dejar aquí ningún equívoco respecto al papel de los “conservadores” de la antigua poesía, de quienes aumentan su difusión a medida que el Estado, por razones completamente diferentes, hace desaparecer el analfabetismo. Estas personas no representan más que un caso particular de los conservadores de todo arte de museo. En el mundo se conserva normalmente una cantidad de poesía. Pero no existen en ninguna parte los lugares, los momentos y las personas para revivirla, comunicarla, para usarla. Admitiendo que no pueden existir más que en forma de desvío, pues la comprensión de la antigua poesía ha cambiado tanto por pérdida como por adquisición de conocimientos y porque a cada instante en que la vieja poesía puede reencontrarse efectivamente, su presencia junto a acontecimientos particulares le confiere un sentido ampliamente nuevo. Pero sobre todo, una situación en la que la poesía fuese posible no puede restaurar ningún fracaso poético del pasado (siendo este fracaso lo que permanece, invertido, en la historia de la poesía como triunfo y monumento poético). Tiende de forma natural a la comunicación y a las posibilidades de soberanía de su propia poesía.

Estrechamente contemporáneos de la arqueología poética que restituye selecciones de la antigua poesía recitadas en microsurcos por especialistas para el público del nuevo analfabetismo constituido por el espectáculo moderno, los informacionistas se han dedicado a combatir todas las “redundancias” de la libertad para transmitir simplemente órdenes. Los pensadores de la automatización apuntan explícitamente hacia un pensamiento teórico automático mediante la fijación y eliminación de variables tanto en la vida como en el lenguaje. ¡No acaban de encontrar huesos en su queso! Las máquinas traductoras, por ejemplo, que empiezan a prometer la uniformización planetaria de la información, al tiempo que la revisión informacionista de la antigua cultura, están sometidas a sus programas preestablecidos a los que debe necesariamente escapar toda nueva acepción de una palabra, así como sus ambivalencias dialécticas pasadas; al mismo tiempo, la vida del lenguaje -que se vincula a cada avance de la comprensión teórica: “Las ideas mejoran. El sentido de las palabras participa en ello”- es expulsada del campo maquinista de la información oficial, pero el pensamiento libre también puede organizarse con vistas a una clandestinidad que no será controlable por las técnicas de la policía informacionista. La búsqueda de señales indiscutibles y la clasificación binaria instantánea marchan claramente en el sentido del poder, y por ello suscitarán la misma crítica. Hasta en sus formulaciones más delirantes, los pensadores informacionistas se comportan como torpes precursores con título del mañana que han elegido, y que precisamente es el que modela las fuerzas dominantes de la sociedad actual: el reforzamiento del Estado cibernético. Son los siervos de todos los señores del feudalismo técnico que se afirma actualmente. No hay inocencia en su bufonada, son los bufones del rey.

La alternativa entre el informacionismo y la poesía no concierne ya a la poesía del pasado, del mismo modo que ninguna variante de lo que ha llegado a ser el movimiento revolucionario clásico puede ya, en ninguna parte, dar cuenta de una alternativa real a la organización dominante de la vida. Nosotros extraemos a partir del mismo juicio la denuncia de una desaparición total de la poesía en las viejas formas en que ha podido producirse y consumirse, y el anuncio de su retorno bajo formas inesperadas y operantes. Nuestra época ya no debe escribir consignas poéticas, sino ejecutarlas.

(Internacional Situacionista)

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