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Entre nosotros, partidarios de un mundo sin dinero, sin capital y sin Estado, un cierto discurso esencialista y finalista ha dejado y deja para el reformismo la cuestión del mientras tanto, la cuestión de qué hacer aquí y ahora. Atrapando a unos en el engaño del radicalismo, pensando que todo lo que no apunta a la destrucción final del sistema es puro reformismo, y a otros en el engaño del reformismo, intentando mejorar el sistema pero permaneciendo siempre en él. Y a ambos en la trampa del antagonismo entre radicalismo y reformismo, considerando el mientras tanto sólo como el lugar donde mantener y dar impulso al capitalismo.

Para nosotros el mientras tanto, no es el lugar de espera de futuras y «verdaderas» transformaciones sociales ajenas a nuestra actividad aquí y ahora y siempre inalcanzables, sino este mismo actuar aquí y ahora. Es el espacio y el tiempo donde jugamos nuestra voluntad de cambio, espacio y tiempo de lo político, de lo posible, donde se juntan pasado y porvenir y donde podemos construir otras relaciones sociales que enfrenten la actual relación social capitalista.

Una doble banalización

A lo largo de estos últimos años, en los que se ha visibilizado mejor la crisis de la civilización capitalista, han aparecido desde posiciones anticapitalistas una gran cantidad de libros de recetas para salir del capitalismo. Mediante una serie de acciones contra la creciente corrupción, contra las injusticias más palmarias, mediante prácticas alternativas a favor de lo ecológico, a favor de un comercio más justo, etc., se teoriza la pretensión de que con ello salimos ya del capitalismo.

Tal pretensión conduce a banalizar este modo de producción y de vida que es el capitalismo reduciéndolo a un sistema injusto y corrupto, lo cual no ayuda a comprender esta sociedad tecnocapitalista, esta relación social basada en la producción de mercancías, confundiendo así nuestra comprensión y nuestra práctica anticapitalista. La retahíla «salimos del capitalismo», «sociedad postcapitalista»…, que acompaña tales prácticas nada ayuda a entender el sistema que combatimos. Como tampoco ayuda el hecho de calificar sistemáticamente estas prácticas de novedosas, cuando se han dado con anterioridad y con más fuerza y volumen. Pensemos por ejemplo en el cooperativismo aquí en Barcelona en las primeras décadas del siglo XX, o en el movimiento asambleario de los años 70. Ambos añadidos, la retahíla antes dicha y esta significación pretendidamente novedosa, no ayudan a entender la discontinuidad que pensamos debe conllevar el paso del capitalismo a un sistema de vida fuera de la ley del valor y sin Estado, es decir, sin esta falsa ilusión de un espacio separado de nuestra vida cotidiana en el que todos seríamos iguales.

La teoría crítica, la crítica radical, nos ayuda a entender esta sociedad capitalista como relación social impuesta por la ley del valor, como modo de producción de mercancías, producción no tanto de objetos (valor de uso) sino de valor (de cambio), y a partir de aquí poder pensar en su destrucción. La banalización de la crítica radical, convertida en ideología, deviene radicalismo, radicalismo que desvalorará cualquier práctica que no atente directamente contra el sistema mismo y no solo contra sus exageradas consecuencias, calificándola de reformista.

Radicalismo

En el ámbito de la crítica radical encontramos, ahora igual que antes, un radicalismo esencialista que no sabe de circunstancias ni de contextos históricos. Pongamos algunos ejemplos: para el radicalismo, votar siempre será reformista o contrarrevolucionario, sin distinguir épocas, países ni circunstancias. Lo mismo podemos decir del sindicalismo, o del uso de los mass media. Pero sabemos que la lucha por el voto ha sido una larga lucha emancipadora. Por lo que se refiere al sindicalismo, no tiene el mismo significado apoyar un sindicato hoy aquí en Europa, que en Bangladesh o en las maquilas en la frontera mexicana. Respecto a los mass media, es verdad que muchas veces se cree utilizar a los media cuando son los media los que nos utilizan a nosotros, pero esto, que ciertamente ayuda a entender el fenómeno mediático, no impide reconocer la función a nuestro favor que a veces han jugado. Por ejemplo, en la lucha a favor de los derechos civiles en EEUU fue con la TV que la mayoría de ciudadanos blancos descubrieron la brutalidad de la segregación y reaccionaron con rechazo a la misma y con simpatía hacia el movimiento a favor de los derechos civiles exigiendo el final de la segregación.

El radicalismo ideológico apunta a la lucha final, lo demás, el mientras tanto, lo que se haga en este espacio-tiempo, es reformismo. Las luchas que acaban en negociación se dirá que no logran nada, o ningún cambio significativo, porque no van más allá; como no van nunca por el todo siempre pueden ser utilizadas tácticamente para su estrategia finalista, que nada tiene que ver con el aquí y ahora de la lucha en cuestión. Discurso esencialista que no deja ver que la situación actual es producto también de estas resistencias y rebeliones y que las concesiones políticas han sido conquistadas con estas luchas. Por ejemplo la jornada de ocho horas, que ahora se está perdiendo, costó muchas luchas y muertos.

El radicalismo no entra en valorar las mejoras conquistadas contra los aspectos más perniciosos de esta civilización capitalista: entre nosotros, por ejemplo, el fin del servicio militar obligatorio, la desaparición del castigo en las escuelas, la disminución del peso de la religión y de las formas más degradantes del patriarcado, etc.

Aquí y ahora

El mientras tanto es el terreno de lo posible, de lo político, de la confrontación con el Estado y con el estado de cosas imperante, el lugar de la construcción de nuestra vida propia y común, de la afirmación de nuestra humanidad, aquí y ahora sin esperar un más allá salvador. Hoy el Estado recorta el estado del bienestar, abandona la gestión del bien público y lo privatiza (hospitales, escuelas…). Nuestra lucha contra esta privatización no expresa solo la voluntad de retorno a la situación anterior ya que discute aspectos fundamentales de aquella en los campos de la sanidad y de la enseñanza, por ejemplo incorporando el pensamiento de Ivan Illich y de Ferrer i Guardia. A la vez que se construyen en el mismo proceso de luchas nuevas relaciones entre nosotros y avanza en la preservación y en la construcción de lo común.

En este mientras tanto construimos, jugando en nuestro terreno –el de la solidaridad, del apoyo mutuo, de la autonomía, de la autogestión, de la gratuidad–, lo propio y lo común. Construimos espacios nuestros, pequeñas contra-sociedades sin enredarnos en «luchas finales» jugadas en su terreno, que es el de la fuerza y el de la ley. Ley escrita por ellos y significada y sostenida por la fuerza. Jugando en nuestro terreno, desobedecemos su ley desde la legitimidad. En este mientras tanto se enfrenta nuestro poder de creación a su poder de destrucción: la imagen de la excavadora en Can Vies1 destruyendo un espacio nuestro, junto a la imagen de la reconstrucción de este espacio llevada a cabo por nosotros mismos, son de una brutal elocuencia.

No queremos obviar con esto el problema de la destrucción y de la violencia. Más allá de la banal y cínica denuncia de toda violencia, pues no son comparables la violencia que genera el actual sistema económico, jurídico, político, mediático y policial con la violencia de la quema de un contenedor –lo cual nos indica que no podemos utilizar la misma palabra violencia para hablar de las dos realidades–. Queda en pie la cuestión de la violencia, del enfrentamiento, de la autodefensa.

A un nivel microsocial es fácil pensar y conseguir el desarrollo de microsociedades autogestionadas, sin necesidad del aporte de la Administración, pero ya es más difícil si lo pensamos a un nivel macrosocial. Quizás esta dificultad de pensar el cambio a nivel macro procede de que entendemos la nueva sociedad como la que tenemos, pero gestionada por nosotros mismos, manteniendo el trabajo separado de la vida, manteniendo la división entre campo y ciudad, la aglomeración urbana… acabando pues gestionando la misma sociedad. Los Caracoles zapatistas en Chiapas (Roberto Barrios, Morelia, Oventik, La Realidad y La Garrucha) son quizás uno de los ejemplos más claros de una construcción de vida autónoma y común sin pedir ni aceptar nada del Estado. También aquí, ahora, entre nosotros, Can Vies vuelve a ser en esto un contundente y bienvenido ejemplo a seguir.

Nuestro Aquí y Ahora.

La crítica radical que nos ha ayudado a entender esta sociedad también nos ayuda en la práctica del aquí y ahora. Sabemos de las contradicciones que tiene el desenvolverse en una situación práctica, en una lucha de empresa, de barrio, contra los abusos de poder en nuestras vidas cotidianas, por ejemplo en cosas elementales como los recortes en sanidad, educación o las subidas del transporte y la carestía de la vida en general. Sabiendo, asimismo, que ni es esta la sanidad, ni la educación, ni el sistema de transportes que deseamos, pues es el sistema capitalista el que nos lo impone a la mayoría como una mercancía en busca del máximo beneficio para una minoría; por lo tanto, no nos interesa la participación, aunque sea mínima, en la gestión de lo que hay. Imaginamos, en la medida que aún somos capaces de imaginar, otro mundo posible con el deseo de otro vivir posible. Y sin embargo, por el simple hecho de sobrevivir en un mundo que criticamos y en el que nos vemos atrapados, nos vemos envueltos en mil contradicciones. En este mundo, en el que nos sentimos extraños y extrañados, transcurre nuestro vivir subjetivo: nuestras alegrías y penas, los deseos, las melancolías, el sufrir y el reír. Debemos cubrir nuestras necesidades: tenemos que comer, cagar, dormir, amar, joder, jugar, vestirnos, movernos, obtener dinero, comprar y volver a comprar, si estamos enfermos tenemos la necesidad de curarnos… es decir, si personalmente queremos vivir –y el instinto de vida nos empuja a ello– sabemos que debemos hacerlo en el mientras tanto del transcurrir en esta sociedad capitalista y, aunque con su propaganda nos repiten que otro posible es imposible, también sabemos que para que pueda surgir lo posible es preciso intentar una y otra vez lo imposible y amamos a aquel que desea lo que llaman imposible.

Lo que sí podemos en nuestro actuar cotidiano es mantenernos distantes respecto a una sociedad que no nos satisface y que por lo tanto criticamos. Ponemos nuestro empeño en no actuar en nuestra cotidianidad como entusiastas de esta sociedad, ni en criticarla sólo al transformarnos, por unas horas durante nuestro tiempo libre, en militantes radicales. Siempre hemos criticado esta dicotomía y además jamás hemos sido militantes. Trazamos el transcurrir del aquí y ahora con todas sus contradicciones y con ellas cargamos cada uno. Es el subjetivismo de nuestra propia voz quien se expresa, aprendemos a explicarnos el mundo con otros, pero a hacerlo y a expresarlo con pensamiento propio.

Cuando actuamos en cualquiera de los conflictos en los que hemos participado o participamos lo hacemos a título personal. Claro que pensamos y sabemos lo que pensamos y por lo tanto intentamos darle a las luchas una determinada radicalidad, es decir, explicarnos y explicar las raíces del conflicto y por lo tanto actuar según lo que pensamos. Pero no imponemos posturas políticas predeterminadas desde el exterior del conflicto. Si se tiene que hablar se habla y, por supuesto, tratamos que el punto de vista de cada uno de nosotros se oiga e incluso que convenza a la mayoría de los que participan en la lucha. Pero no argumentamos, preparamos y formamos nuestras opiniones, respecto al conflicto, con un grupito fuera del escenario de la lucha.

Por el mismo hecho de no estar encuadrados en una organización jerárquica, ni creer en la jerarquía, jamás hemos necesitado de la justificación argumentativa de las masas o las multitudes. Esta sociedad nos empuja al gregarismo de una manera violentamente acelerada, pero saberlo, nos hace tender, a pesar de todas las contradicciones en que vivimos, a intentar sortearlo en la medida que podemos. Sabiendo, eso sí, que a cada uno de nosotros se nos considera masa o multitud, y por tanto animales gregarios, por parte de los que tienen o quieren tener el poder.

En la elaboración de nuestra crítica radical, siempre hemos evitado, en la medida de nuestras posibilidades, una explicación lineal, determinista y teleológica de la historia, tratando de evitar los discursos esencialistas y finalistas. Hemos rectificado y adecuado nuestros saberes y su explicación, en la medida que hemos ido aprendiendo nuevas cosas.

Este sistema de producción y reproducción social, como lo hicieron otros sistemas de producción, impone unas determinadas formas de «sociabilidad», leyes, normas, costumbres y rutinas en las que, aún sin desearlo, nos vemos atrapados durante el quehacer de nuestras cotidianidades. Rutinas que, aún a nuestro pesar, nos hacen partícipes de este acelerado bucle de la reproducción social.

Muchas son las normas, costumbres y rutinas que se han roto y que han desaparecido por el deseo y la acción cotidiana de las personas, al menos en este Occidente desde el que hablamos. No es lo mismo el mundo del trabajo asalariado hoy que en el siglo XIX o principios del XX, ni la sexualidad, ni la familia, ni los tipos de familia, ni incluso la manera de tratar y relacionarse con la autoridad. Los temores ante determinadas jerarquías, por ejemplo, la eclesiástica, la política, incluso la judicial, han disminuido o desaparecido, después de la décadas de 1960 y 70. No podemos obviar que fue el deseo y el hacer de las gentes lo que generó una transformación en las relaciones sociales cotidianas y sería una banalización decir que fue el mismo sistema, por sus intereses, quien las propició. Que el sistema capitalista, con su activismo, tiene capacidad para recuperar aquellas facetas y conquistas sociales adquiridas como consecuencia de la lucha y el empuje social, quizás sea así, pero tampoco podemos olvidar la tendencia de la humanidad oprimida, que somos la inmensa mayoría, en buscar caminos que nos conduzcan y permitan un buen vivir y este deseo tan humano está en el corazón de la mayoría de los oprimidos y, precisamente por esto, llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones. Es ese río subterráneo de la emancipación que nunca ha dejado de minar las estratificaciones de la barbarie.

En cualquier lucha, de empresa, de barrio, por la dignidad, contra los recortes y la carestía de la vida, contra los desahucios, en las ocupaciones…, la reivindicación manifestada por la lucha es importante. Exigir una mejora social significa un no acomodarse socialmente, un perder el miedo, el querer una mejor vida, el deseo de un buen vivir. Pero si el conflicto que cualquier lucha genera se expresa autónomamente, con la propia voz de los protagonistas, y su fuerza pone en entredicho, aunque sea momentáneamente, al sistema capitalista y hace aflorar sus contradicciones, esto hace que la lucha de por sí, al margen de las reivindicaciones, sea generadora de nuevas relaciones y nuevas situaciones entre sus participantes y es esto lo que hace socialmente transformadora esta lucha. ¿Cuántas veces habremos oído decir a los protagonistas de tantas luchas, que esa lucha les cambió la vida y que les cambió su opinión sobre las relaciones humanas? Ahí está la clave de un hacer, en el aquí y ahora, a favor de la vida.

Es entre estas paradojas sociales que transcurre el aquí y ahora de nuestro mientras tanto. Pero sabemos que es con nuestro hacer, que son otras maneras de hacer, en este mientras tanto que se pueden lograr otros posibles, dejar de sobrevivir y buscar y descubrir otras maneras de vivir, otro mundo en el que quepan muchos mundos.

(Revista Etcétera)

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