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En el orden natural de las especies existe una codificación genética que desata toda una suerte de mecanismos tendentes a la conservación de la vida. En las denominadas especies superiores, esta codificación recibe el nombre de instinto de supervivencia.
Ha sido el instinto de supervivencia el que ha estampado de forma indeleble en la capacidad de percepción psíquica el código eficaz, de que lo hecho por los progenitores siempre está orientado en la buena dirección para que la prole conserve la vida. Mimetizando los comportamientos de los progenitores el descendiente “aprende” todo lo que es necesario para permanecer vivo y poder llegar a su vez a procrear, dándole continuidad a un proceso que le constituye y le supera: la larga cadena de la existencia. De otro modo las especies no hubieran sobrevivido.
En la especie humana este instinto convive con un orden de códigos añadido, que denominamos cultura. Durante milenios estos dos órdenes paralelos –instintivo y cultural- han coexistido de manera más o menos afortunada, dando lugar a distintas formas de civilización. Para que la vida de las comunidades humanas amparadas en cada una de las civilizaciones haya podido prosperar siempre ha sido necesario que el orden cultural y el instinto de supervivencia se adaptasen de alguna manera en complejas pero fructíferas alianzas, inconscientes al conjunto de los individuos que se beneficiaron de estas.
Para los humanos, inscritos en las diversas culturas, la mímesis automática ha sido corregida, complementada y en cierto modo suplantada por alguna forma de elaboración cultural; esto es lo que nos ha hecho humanos. Sobre el soporte animal hemos construido formas de cultura que, coincidiendo en la finalidad de la conservación de la vida, a veces han tenido que forzar y reconducir impulsos básicos de aquel instinto de supervivencia: este es sin duda el caso de todas las prohibiciones relativas al incesto, o la corrección del principio de que todas las hembras pertenezcan al macho alfa de la manada. Ello ha permitido la participación fructífera y creativa de la gran mayoría de los miembros de las comunidades en el desarrollo de estas como sociedades humanas.
En este estadio, ya no se trata solo de una transferencia de los padres a los hijos, sino también de la aportación añadida de muchos otros elementos de la comunidad; el aporte diacrónico de muchas generaciones. Los mayores, el Consejo de ancianos, preceptores y maestros se unen como Instituciones de la comunidad a la tarea de transmitir todo lo que esta considera valioso e importante para la vida.
Esta realidad, anclada en una condición animal instintiva que sigue envolviendo a lo cultural, ha producido a través de milenios, una especie de mecanismo condicionado, consistente en una -especialmente buena- predisposición hacia aquello que procede de los padres, los mayores, pero también de las Instituciones y del Poder como representantes simbólicos últimos de aquellos. Una predisposición que en el pasado ha debido ahorrar una enorme cantidad de pruebas y errores en el camino del acierto para la existencia.
No deben haber sido pocas las culturas en las que el Poder se haya sentido tentado por la inclinación caníbal de emplear este mecanismo en sentido inverso a la lógica de la supervivencia de la comunidad; en ese empleo extremo y desesperado del instinto de supervivencia podría hallarse el origen del mito de Saturno devorando a sus hijos.
En todo caso, el Poder aprendió bien pronto a emplear en beneficio propio esta deriva cultural del instinto de supervivencia, manteniendo un precario equilibrio entre su inclinación caníbal y su comprensión de la necesidad de la supervivencia de la comunidad. Y este equilibrio roto de manera recurrente a lo largo de milenios en beneficio de los poderosos, debió terminar inscribiendo en el alma profunda de todas las culturas, esa –desde el punto de vista de la racionalidad- extraña sumisión de las gentes que colaboran en el sostenimiento de los abusos estructurales del Poder; esa condición que sostiene la “servidumbre voluntaria” que, ya en el siglo XVI, tanto asombra a sus dieciocho años a Étienne de  La Boétie. Las formas de irracionalidad propias del pensamiento religioso sacrificial primitivo deben también tener su eficaz e irreductible anclaje en la dinámica de este mecanismo.
Hoy es al corazón mismo de este mecanismo al que el discurso irracional del Poder capitalista se dirige, reforzado mediante el empleo de la neo-lengua orwelliana construida con las técnicas de la publicidad.
Cualquier afirmación del Poder tiene, merced a este mecanismo, una enorme reserva de crédito en el conjunto de la sociedad. Al tiempo, las posiciones críticas, profunda y racionalmente formuladas tienen la consideración social de delirio, impostura o afán de protagonismo; descrédito y desconfianza, en definitiva.
El progresivo trato infantilizado con que somos apelados desde las instancias del Poder parece confirmarlo; “hacer los deberes” en política económica, “comprender la gravedad de la situación”, son enunciados que solo pueden ser formulados desde una relación estructural de padres o maestros a hijos o alumnos. De igual modo, un miedo servil a perder el puesto de trabajo, que cada vez más es la preocupación y ocupa la conversación de miles de trabajadores, semeja, a veces de forma patética, la preocupación de los escolares sometidos al principio del “abuso de poder”, asustados ante la imprevisible arbitrariedad justiciera de sus maestros.
Grandes sectores de población de las “sociedades libres” buscan -y pagan- en los Medios de propaganda este tipo de enunciados para condicionar sus vidas a ellos.
La publicidad comercial, por su parte, unificando por lo bajo, apela no a la inteligencia sino al ser irreflexivo, caprichoso y egoísta que nos habita. Este animal olvidado debe ser el que, contra toda racionalidad, lleva a millones de personas a sostener planteamientos y posturas que justifican enormes injusticias y se enorgullecen de grandes atrocidades.
El Poder, a través de sus distintas voces, proclama que lo más valioso e importante para la vida es la lucha feroz que impone la teología de los mercados, la eficaz competencia destructora del oponente, la superficialidad e inmediatez como valores de la vida cotidiana, la gratuita identificación de los valores tradicionales con un lastre que impide el “desarrollo”, la aceptación acrítica de que la vida implica desarrollo y crecimiento.
Planteamientos que conducen a la inversión de aquellos factores que permiten a una sociedad establecer las condiciones para la supervivencia.
Invertir la lógica de la supervivencia de la especie en beneficio de un grupo menor, una casta, pone a la totalidad de los seres humanos al borde del abismo en el que se desintegra la civilización.
Es tan difícil para los millones de individuos que conforman una civilización compleja, que ha alcanzado asombrosos logros, llegar a pensar que sus Mayores están actuando contra ellos, que las gentes irán confiadas a la guerra y a formas de organización social suicida, persuadidos de que es su salvación.
Nada indica que la Civilización Occidental no se halle en un proceso de estas características. El Poder ha enloquecido. Cree que puede sobrevivir a la destrucción que propaga. De forma premeditadamente perversa busca favorecer a un reducido grupo, soberbio y envanecido, que se cree digno del privilegio de la desposesión del resto de los seres humanos del planeta. Y un gran número de estos, confiados instintivamente en las mentiras del Padre, están dispuestos a colaborar uno a uno en su propio aniquilamiento en masa.
La neo-lengua orwelliana del Poder lleva varias décadas perfeccionando todos sus recursos para persuadirnos de que la misma vida está infectada de amenazas; sanitarias, terroristas, etnográficas, virtuales.
Solo miedo. Y como respuesta a este, la búsqueda instintiva para millones de personas de aquello que desde el origen de la vida ha sido la garantía de supervivencia: la activación del ciego mecanismo de la buena disposición hacia los enunciados del PoderPadre, actuando sobre el substrato de la “servidumbre voluntaria” y con el auxilio del pensamiento religioso.
Solo un mal nacido, podría desconfiar de quienes representan al más alto nivel simbólico el cuidado y la tutela de toda la comunidad.
Así que el Poder occidental, en alianza con las fuerzas más destructivas del planeta, mediante el mecanismo del miedo propagado eficazmente por sus Medios de persuasión, está actuando, como un Padre enloquecido por mandato divino del dios mercado, contra la población civil, que acude, en un acto reflejo instintivo, a su propio sacrificio, promesa de redención.
Pero ocurre que esta Civilización Occidental ha desarrollado tal capacidad de destrucción, que en el intento de reducir a cuatro quintas partes de la Humanidad para alcanzar el equilibrio ecológico de los ricos, corre el riesgo de arrasar la totalidad de la vida en el planeta.
Hoy lo que está en juego no es la persistencia de una Civilización -que por su gigantismo ya no es civilizada-, esperando ser sustituida por otra. Está en juego la supervivencia de la misma condición humana, sustituida por una nueva especie de esclavos infrahumanos, marcando un punto de no retorno en la historia de este planeta.
Ya no podemos seguir resignándonos a que el desarrollo y crecimiento de esta civilización albergue el germen de su propia destrucción. Habrá que desarrollar contra el miedo y la profunda irracionalidad, formas serenas de pensamiento.
Habrá que pensar cómo hacer comprender a las sociedades en su conjunto la evidencia de que el Poder cuando crece enloquece y nosotros con él. Y lejos de seguir sus consejos asesinos o volverse asesinamente contra él, los integrantes de las sociedades tenemos el imperativo de supervivencia de saber que solo el pensamiento puede asistir a esa brújula ciega que cada cierto tiempo nos pone ante la encrucijada del exterminio.

(Juan José García)

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