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“Si estoy desesperado ¡a mí que me importa!”, dijo Günther Anders con aparente falta de concordancia, pero, como tantas veces, romper una regla es construir algo nuevo. Para que esa frase surja hay que saber que existe una zona de la conciencia, o quizá de la vida, donde seguir siendo y, al mismo tiempo, descansar de ser. Descansar no quiere decir, en este caso, fugarse. Es dejar la propia identidad adentro, mirando un perro o una ventana, no sin melancolía, mientras que otra identidad más amplia escribe y habla, organiza y lucha, ríe y no se fuga.

Dejar el yo, dijeron durante décadas, supondría dejar de existir. Se azuzó el miedo a la pérdida de la individualidad. Lo colectivo, dijeron, devoraba sombras. Era el tiempo en que salir a buscar a los demás representaba kilómetros y frío, largos días, escasos encuentros. Hoy, en cambio, se ha vuelto visible ese espacio compartido, en tensión, imperfecto, vivo, no libre de violencia ni de maravilla, donde se es al mismo tiempo que se deja de ser. Donde decir individual y colectivo empieza a parecer absurdo, pues el dibujo hay que mirarlo también desde lejos, y mirar una sola vida es equivocarse, como mirar una línea sola en el trazado de un barco o de un bosque. Hoy aquella continuidad de los parques de Cortázar es continuidad de las mentes, los cerebros se unen como neuronas de un mismo territorio, la identidad no se queda en esa línea sola, en esa caja de cerillas con forma de piso colocada encima de otras cajas de cerillas donde, aislados, pequeños seres atendían sus sueños y sus penas.

Sin embargo, todavía morimos, la piel se quiebra y cien mil caracteres con espacios poco pueden ante un cuerpo vulnerable que reclama sus ritos de alimento, higiene y ternura. Y cien mil caracteres no son nada sin el sudor y el miedo de quienes se gastan haciendo hardware bajo las ruedas de la explotación. Podría haberse olvidado. La nueva estructura de sentimiento surgida del cambio generacional y tecnológico podría haberse ocupado sólo de la nube sin átomos. Así se intenta que sea desde los viejos paradigmas: dejar los cuerpos solos una vez más. Pero el lema de Anders vuelve para recordar que la desesperación cercana a la autocompasión ya no es un sitio, que no habrá rendición y que sobreponerse no es huir, sino quererlo todo: los cuerpos y las mentes conectados, tan frágiles como audaces.

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