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1. Sólo interesan los posibles que no se escogen, no prometen ni anuncian sino que, como los sueños que verdaderamente lo son, dejan la huella imborrable de la noche: hacen que uno, al despertar, ya no sea el mismo.

Glosa α: lo relevante de un sueño no es lo que explica o descifra acerca de lo vivido, sino lo que de forma irreversible se ha vivido en él.

2. El problema de si hay o no hay posibles y cuáles son es un falso problema. Claro que hay posibles. El problema es que todos confirman y conforman un mismo mundo. El horizonte de lo posible: reservas de esperanza caducada.

Glosa α: insaciable, ahogado en sus propios pulmones, el hombre le ha dado pulmones a la realidad. Para poder respirar, la ha hinchado de posibles. «Du possible, sinon j’étouffe…» (Kierkegaard, Deleuze) Pero ¿qué es lo que hace que la realidad sea algo más que sí misma? Derrocadas las trascendencias de orden superior, ¿qué hay en la sombra? ¿qué se juega en la incertidumbre? ¿qué ecos resuenan en el abismo?

Glosa β: muy especialmente, el pensamiento emancipatorio tradicional ha hecho de lo posible su problema y su bandera. En la sombra se abre así una red de alternativas, en la incertidumbre se anuncia una promesa de futuro y en el abismo se vislumbra un pozo de esperanza. Ofrecer posibles y gestionar su realización futura: así se presenta la tarea de una intervención política de izquierdas. Esta tarea se enrarece cuando los recursos parecen agotarse. Se levanta entonces la pregunta, ¿disponemos aún de posibles? En ella sí se abre entonces un pozo sin fondo: el que nos hunde hoy en la estupidez.

Glosa γ: el concepto de « posible» es un concepto político. Su especificidad ontológica no consiste en apuntar a lo irreal y sus múltiples rostros (lo ficticio, lo deseable, la fábula, la ilusión, etc) y coronar así la realidad con una nube de fantasmas. Al contrario. Nacido como concepto filosófico (dynamis) cuando el hombre se instala como propio en el espacio de la ciudad, la fuerza ontológica de lo posible es hacer de la contingencia un mundo. Pisar un suelo firme, pero capaz de acoger la incertidumbre, es lo que hace del devenir un asunto propiamente humano. Fuera del orden abierto de la contingencia, consolidado a salvo de la arbitrariedad y de la necesidad, no habría historia, política, mercado ni moral. Los nudos flexibles de este orden abierto son los que tejen las redes de lo posible. En sus agujeros, se abren dos huecos en los que jugar legítimamente a ser hombres: la libertad, como la capacidad de escoger entre posibilidades; el futuro, como poder de realizarlas.

El problema de lo posible, y por eso es un problema político, se mide, paradójicamente, por las realidades que dibuja. Y el verdadero problema que nos plantea hoy es el de explicar cómo en toda opción, alternativa o elección, se confirma la obviedad de un mismo mundo.

3. La subversión no es una opción entre otras. No es una alternativa ni puede ser defendida como tal. Primero, porque no se escoge ni se argumenta: o se soporta o no se soporta. Segundo, porque no apunta a otro mundo sino a un mundo que ya no es el mismo.

Glosa α: porque no se escoge vivir, querer vivir hasta el final no es una opción entre otras. Una vida digna no es una alternativa. Sólo la muerte puede ser deliberadamente escogida y acogida. Sin embargo, para vivir hasta el final es necesario subvertir el orden de excusas que la sociedad ha construido para no tener que hacerlo. Resulta, así, que sólo se puede vivir en la subversión permanente. ¿De qué? De todos los argumentos que sustentan tanta vergüenza.

Glosa β: «En el fondo todo hombre sabe muy bien que sólo está una vez, en cuanto ejemplar único, sobre la tierra, y que ningún azar, por singular que sea, reunirá nuevamente, en una sola unidad, esa que él mismo es, un material tan asombrosamente diverso. Lo sabe, pero lo esconde, como si se tratara de un remordimiento de conciencia. ¿Por qué?» (Nietzsche, «Schopenhauer como educador»)

4. La subversión tiene que ver con la efectividad de un acontecimiento que no realiza una posibilidad entre otras sino que redistribuye lo que puede ocurrir. No habla de lo que puede ser ni de lo que podría ser de otra manera. No añade una opción más ni ofrece otro horizonte. Inscribe en lo real un juego de marcas que invalida, entera, su red de alternativas.

Glosa α: una de las enseñanzas más valiosas de Marx es la de que de nada sirve afirmar que las cosas pueden o podrían ser de otra manera. Hegel había lanzado, en este sentido, una importante advertencia: «Especialmente en filosofía, no hay que gastar palabras en mostrar que algo es posible, o que lo es otra cosa, ni tampoco para mostrar que algo, como se suele decir, es pensable…» (Enciclopedia §143). Marx no sólo la sigue sino que la lleva más lejos: no basta con mostrar la contingencia histórica del capitalismo y delinear el abanico de sus posibilidades presentes y futuras. Si lo que se persigue es encontrar las claves de su transformación, de lo que se trata es de comprender y realizar la necesidad de su muerte y superación. ¿Cómo? Efectuando ese acontecimiento, incierto y necesario a la vez, que redistribuirá enteramente lo que puede ocurrir: la revolución.

Glosa β: la revolución es el acontecimiento por excelencia. Y nosotros no disponemos de ella. Habrá que interrogarse seriamente por qué. No vale sentenciar, con displicencia, que ha caído el muro. Esto no es más que una excusa periodística para no afrontar el verdadero problema: que el capitalismo se ha hecho uno con la realidad (S. López Petit) y ha tejido así la red infinita de una realidad que no deja nada fuera ni se tiene a sí misma como límite.

Glosa γ: hemos aprendido a escuchar cómo y por qué la pregunta ¿qué es posible? nos aprisiona. Lo hace no sólo porque sea una pregunta vacía y vana, sino por la respuesta que lleva dentro: «todo… pero no podemos nada». Todo cambia cuando saltamos a la pregunta «¿qué (nos) puede ocurrir?» La impotencia como respuesta queda despojada de sentido. En su lugar se abre otra pregunta: hartos de sucesos, ¿cuáles serán nuestros acontecimientos?

5. ¿Otro mundo? Sólo un mundo solo…

Glosa α: hay que escoger entre este mundo y el otro. En el otro, porque siempre es “el otro”, no hay miserias, envidias, suciedad. Siempre se sale indemne del trato con sus irrealidades: con las manos y la conciencia limpias. Éste, porque siempre es “éste”, es un valle, no de lágrimas, como reza la oración, sino de desaliento. Pero sólo en él se puede fraguar la lucha por una vida otra, vivida hasta el final. El lamento, «sólo un mundo solo…» se convierte entonces en exigencia: sólo aquí, solamente una vez. «¿Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién ahora?» (S. Beckett, El innombrable).

Glosa β: «Creer en el mundo es lo que más nos falta» (Deleuze). Los siguientes versos son una de las expresiones más radicales y hermosas de lo que puede significar esta creencia:

MUNDO
en el vaivén del mundo
surgen muy complacientes
mundos que son muy hondos
y como vagabundos
huyen entre otros mundos
dicen que más hermosos.
se ofrecen en su curso,
engordan con la huida,
su vivir es menguar.
A mí no me preocupan,
pues puedo así aspirar
al mundo como mundo
por demoler aún.

(R. Walser)

6. ¿De dónde vienen la estupidez del silencio que compartimos y la banalidad de las palabras que repetimos cuando estamos más cerca que nunca de poder decirlo todo?

7. La democracia-mercado no es un sistema más. Proclamando su no-caducidad, instala al mundo en una nueva y recién estrenada eternidad. Parece que siempre hubiésemos estado aquí. Que siempre hubiésemos tenido que llegar aquí. Y se hace imposible pensar cómo poner fin a lo que hay. El problema del mundo no es entonces su oscuridad, sino la obviedad con la que cada acontecimiento proclama, una y otra vez, esto es lo que hay.

Glosa α: ¿alguien se imagina la historia al revés?¿otras bifurcaciones?¿otro final? Parece imposible. Pero sólo el amor y la muerte tienen algo que ver con el destino. Nuestras vidas políticas, las historias y los devenires que con ellas trazamos, nunca han acatado su fatalidad. La economía no es meteorología; el poder no emana de Dios; las instituciones democráticas no se rigen por leyes de la física… Pero, entonces ¿por qué haber llegado hasta aquí?

Glosa β: los años 90 fueron la década del “ya hemos llegado” y del “ya se acabó”: celebración de la «buena nueva» a lo Fukuyama, coreada por el sistema económico-político internacional, y lamentación cool a lo Baudrillard, coreada por el desencantamiento postmoderno. Reconciliación de lo real / asesinato de la realidad en el Apocalipsis de lo virtual. Pero la escenificación del Apocalipsis, hecha a base de sangre, polvo y fuego, estaba por llegar: 11 de septiembre de 2001- Fin de un mundo… que se acaba sin acabar. Fin sin fin de una realidad que navega hacia sí misma, en la reiterada confirmación de lo que hay.

Glosa γ: obvio es lo que sin ser necesario no admite contra-argumentos. Siempre se acompaña de un estúpido silencio.

Glosa δ: «El problema del mundo»: ¿el dolor? ¿la estupidez? ¿la mediocridad? ¿la pobreza? ¿la explotación? ¿el sufrimiento? ¿el miedo?… ¿el hombre mismo? ¿la misma sociedad? Las soluciones sólo pueden ser paliativos concretos. Y necesarias. Las intervenciones políticas, en cambio, deben consistir en la producción de nuevos problemas – ya no ocuparse del problema del mundo sino convertirse, uno mismo y con los otros, en un problema para el mundo. ¿Con qué criterio? Puestos a ser problema, serlo lo más interesante posible.

8. La recién estrenada eternidad del mundo no tiene más ley que la de lo posible: racionalidad de la alternativa, justificación por la elección, lógica del mal menor… Condenados a escoger en un espacio de la elección al que no hay alternativa. Todo es posible, pero no podemos nada.

Glosa α: «posible», en nuestra cartografía gramatical, es lo que se abre en la estructura basculante de un “o bien… o bien…” Es el principio de contradicción mismo puesto en movimiento. O lo que es peor: el movimiento de lo real encajado en el principio de contradicción. Lo posible se ofrece como bisagra del inacabamiento de lo real, porque permite determinar, es decir, pensar y tratar, el devenir y su incertidumbre. Ésta es la razón de que Aristóteles sea el forjador de nuestra gramática. No sólo construyó su pieza fundamental (la sustancia) sino que con la dynamis, potencia de los contrarios, engrasó los ejes de su movimiento abierto y ordenado. Todo lo posible, pero sólo lo posible: ésta es la enseñanza de una nueva sabiduría del límite que (nos) convertirá, a los futuros protagonistas de la hybris, en reconocidos necios.

Glosa β: las prisiones de lo posible son la cartografía de una realidad en la que todo es y se ha hecho posible: no deja nada fuera ni se tiene a sí misma como límite. Su orden abierto y sin afuera nada esconde. Nada descarta. No se define por una contradicción ni por una tendencia. Sus caminos dibujan la falsa transparencia de lo que hay. La transparencia impertinente de un mundo que no se deja preguntar: ¿por qué éste y no otro?

Glosa γ: en el s. XVII el universo era infinito y oscuro. Leibniz, que aún anhelaba la salvación del hombre a través del conocimiento y de la celebración de la gloria de Dios, lo convirtió en una arquitectura cargada de razones. Un armazón infinito de mundos posibles, una arquitectura infinita para sustentar y legitimar un solo mundo. Un mundo satisfecho de su razón de ser. En sus claroscuros se esconde y despliega una única ley de orden: la de lo posible. La cadena de las infinitas esencias posibles; la existencia de su mejor conjunto posible. Y entre ellas, la solemnidad de una única elección: la elección, calculadora y por eso mismo moral, de Dios.

El universo sigue siendo oscuro e infinito. Pero hoy los cálculos y las elecciones las hacemos nosotros. Obtenemos resultados, pero no razones. No deberíamos necesitarlas. Pero, porque temerosos añoramos a Dios, seguimos legitimando como única la existencia de este mundo, con todos sus males, sus mediocridades y sus vergüenzas.

9. Libertad = tener posibilidades entre las que escoger. Futuro = tener posibilidades que realizar. Podemos escoger. Podemos proyectar. Pero aún así hay que decirlo: el futuro que nos atiende es misérrimo y nos asquea la mezquina libertad de que gozamos. Hay que poder más. Quizá no se trata ya de asaltar el cielo… Pensando lo posible contra lo posible, queremos, por fin, morder la realidad.

Glosa α: Morder = inscribir un juego de marcas que redistribuye lo que puede ocurrir. Ésta es la urgencia de un nuevo materialismo.

Glosa β: el insensato no prefiere, no escoge, no calcula, no aplaza… No se contenta con lo que tiene que satisfacerle. Quiere entrar en la cabeza de la ballena. No como Jonás, que se esconde y se salva en su vientre, sino como el salvaje arponero de Moby Dick, que se mancha y se baña en sus entrañas cerebrales. Aceite cerebral para un viaje insensato: el de una línea de vida que se hunde en el mar.

10. Labrarse una preciosa insensibilidad: la de los hombres que no sienten la impotencia del hombre (Valéry).

Glosa α: cuando el pensamiento contemporáneo acomete el desafío de hacer una experiencia radical de la finitud humana y la suspende en el vacío que se abre en la posibilidad de una existencia más auténtica, lo que está haciendo es entregar al hombre a la impotencia de la espera. Ésta es una de las lecciones que hacen de Heidegger un pensador que aún merece ser leído: su análisis ontológico de la existencia humana nos enseña que la elección más radical, la que se presenta radicalmente desfundamentada, la elección que no se da entre posibles sino que lo es de la posibilidad misma, debe ser finalmente concebida como la esencial espera que sólo puede apuntar al destino incierto de una refundación. En la voltereta del salto atrás se nos ha comido el círculo: la búsqueda de la autenticidad no es la que abre abismos sino pozos de impotencia.

Glosa β: la otra cara de la impotencia contemporánea no tiene que ver con la autenticidad sino con la felicidad: en su permanente búsqueda, el sufrimiento se privatiza y el conflicto social se neurotiza. Tu éxito, tu fracaso – tu salario, tu hipoteca – tu estado de ánimo, tus preferencias y aficiones – tus sueños incumplidos, tus deseos, tu soledad – tu vejez y tus miedos – tu sexualidad, tu salud, tu obesidad, tus vergüenzas, tus complejos, tu inseguridad, tu falta de autoestima – tu dinero… todo es tuyo, sólo tuyo… ¿Qué Atlas contemporáneo podría aguantar un peso tan desmesurado? Las almas se quiebran. La sociedad de los ciudadanos individuales lo es inseparablemente de las patologías privadas. Ante la resistencia del mundo, la sombra que amenaza a cada una de las vidas se desplaza y se enquista: «no soy feliz…»

11. Un amigo, un insensato.

Glosa α: “Una luz ha aparecido en mi horizonte: compañeros de viaje necesito, compañeros vivos, – no compañeros muertos ni cadáveres, a los cuales llevo conmigo donde quiero.” (Nietzsche, «Así habló Zaratustra»)

Glosa β: No se lucha por el porvenir. Se lucha con los amigos. Un rostro amigo no es un cobijo ni un territorio sobre el que establecer un coto de familiaridad. Ni cura ni distrae la soledad. La hace gozosa. El amigo está en el gesto que te hace más valiente. No se presta como ejemplo. Lejos de decir “haz como yo” tiende una mano que invita: “haz conmigo”.

12. El mundo está poblado de palabras y de cuerpos desencajados que hacen inservible el mapa de lo posible. No constituyen un órgano, ni una subjetividad, ni una identidad. Su cartografía está hecha de desvíos y de encuentros capaces de producir, abrir y construir pedazos de realidad insumisa, tejidos de vida política.

Glosa α: después del ciclo revolucionario obrero y antiautoritario de los ss. XIX – XX, la subversión se ha quedado sin fechas ni calendario. Sin movimiento ni sujeto en que encarnarse. Sin proyecto que realizar. Pero tu cuerpo y el mío existen. Y no son un abanico de posibles. Tampoco son una promesa de futuro. Son, necesariamente, el punto de partida de un programa de subversión.

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